Era un hombre joven pero un poco extraño
que con sus manías recreaba el mundo.
En eso entró ella, la falda plisada
preludio de maremotos, de jarana tropical.
Él la vió y no se lo pensó: al oído
le recitó una vieja frase vieja
de las que no hacen historia,
sino que lo que hacen es vida.
"Todas las personas son iguales" exclamó,
y ella dió un gran salto, asustada y nerviosa.
"Todas las personas son iguales",
y ella le miró con rabia,y levantó el puño.
"Todas las personas son iguales",
y ella con desdén dió la vuelta y se alejó.
"Todas las personas son iguales",
repetía, y repetía, y repitió.
"Todas las personas son iguales"
dijo a la luna, dijo a la noche,
"todas las personas son iguales"
dijo a la luz de las estrellas fugaces.
"Todas las personas son iguales"
murmuró a las piedras,
y aún al polvo encima de las piedras.
"todas las personas son iguales"
susurró solo, como un faro en la tormenta.
"Todas las personas, menos tú."
jueves, octubre 23, 2008
domingo, agosto 03, 2008
Tirar la piedra y esconder la mano
Me molesta la gente que no da la cara
Anónimo
Lanzar un dardo y darle a un tipo en el ojo es un desafortunado accidente que puede ocurrirle a cualquiera: basta con que te sitúes en un pub inglés o irlandés, te encuentres en un estado etílico avanzado y alguno de tus ebrios amigos te rete a una partida de 301.
Por supuesto, en el momento en que vas a lanzar uno de tus últimos tiros, tras una hora de intentar darle a la diana, se cruza ante ella, camino del lavabo, un escocés gigantesco, de esos a los que las leyendas llaman "ogro pelirrojo de dos metros" o "comeniños furibundo". Le das en el ojo y él, con un gruñido, se tapa la cara con las manos.
Es entonces cuando debes salir corriendo para salvar tu vida: sus amigos, trolls culturistas como él, barbados y cabreados, enloquecidos por el alcohol, se levantan para abalanzarse sobre tí.
Por desgracia, el pub está lleno, por lo que debes sortear a tipos de color langosta cocida totalmente hipnotizados por el partido Vauxhall-Tottenham, locales con gafas de pasta que creen que es trendy beber cerveza a 5 euros la pinta y valkirias rubias que han desembarcado en la ciudad condal para despedir la soltería utilizando camisetas de lentejuelas y sombreros de cowboy.
Puede que huyas, puede que te detengan, puede que los trolls, la policía o incluso los dueños del bar te den tu merecido, pero la esperanza de continuar ileso hace que los hombres corran como liebres, se escurran como peces, y escapen como cobardes.
Anónimo
Lanzar un dardo y darle a un tipo en el ojo es un desafortunado accidente que puede ocurrirle a cualquiera: basta con que te sitúes en un pub inglés o irlandés, te encuentres en un estado etílico avanzado y alguno de tus ebrios amigos te rete a una partida de 301.
Por supuesto, en el momento en que vas a lanzar uno de tus últimos tiros, tras una hora de intentar darle a la diana, se cruza ante ella, camino del lavabo, un escocés gigantesco, de esos a los que las leyendas llaman "ogro pelirrojo de dos metros" o "comeniños furibundo". Le das en el ojo y él, con un gruñido, se tapa la cara con las manos.
Es entonces cuando debes salir corriendo para salvar tu vida: sus amigos, trolls culturistas como él, barbados y cabreados, enloquecidos por el alcohol, se levantan para abalanzarse sobre tí.
Por desgracia, el pub está lleno, por lo que debes sortear a tipos de color langosta cocida totalmente hipnotizados por el partido Vauxhall-Tottenham, locales con gafas de pasta que creen que es trendy beber cerveza a 5 euros la pinta y valkirias rubias que han desembarcado en la ciudad condal para despedir la soltería utilizando camisetas de lentejuelas y sombreros de cowboy.
Puede que huyas, puede que te detengan, puede que los trolls, la policía o incluso los dueños del bar te den tu merecido, pero la esperanza de continuar ileso hace que los hombres corran como liebres, se escurran como peces, y escapen como cobardes.
martes, julio 29, 2008
El día que le di su merecido al mundo
Cansado de llevarme palos, decidí ponerme mi máscara de luchador mexicano y salir a hacer justicia.
No sé si os he hablado de mi máscara... es plateada, con un dibujo tribal alrededor de los ojos. Parecida a la de El Santo, pero no igual.
El caso es que salí a la calle vestido con mi pantalón ciclista, mi máscara, mis chanclas, mi cadena de oro y nada más, dispuesto a enfrentar el mundo. Como no encontré entuertos, me subí al autobús. Me senté, y todo el mundo me miraba. A pesar de ir fresco empecé a sudar, inquieto.
Una parada después, subió un grupo muy grande de personas. Una de las cuales era una vieja cargada con la compra, que me miró, quizás con deseo. Deseo de mi asiento, claro. Se lo cedí.
- Gracias, muchacho, no dejes que nadie te llame payaso, eres un buen chico.
Volví a casa llorando de felicidad.
No sé si os he hablado de mi máscara... es plateada, con un dibujo tribal alrededor de los ojos. Parecida a la de El Santo, pero no igual.
El caso es que salí a la calle vestido con mi pantalón ciclista, mi máscara, mis chanclas, mi cadena de oro y nada más, dispuesto a enfrentar el mundo. Como no encontré entuertos, me subí al autobús. Me senté, y todo el mundo me miraba. A pesar de ir fresco empecé a sudar, inquieto.
Una parada después, subió un grupo muy grande de personas. Una de las cuales era una vieja cargada con la compra, que me miró, quizás con deseo. Deseo de mi asiento, claro. Se lo cedí.
- Gracias, muchacho, no dejes que nadie te llame payaso, eres un buen chico.
Volví a casa llorando de felicidad.
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