Shiró está sentado en un escaloncito que hay justo delante de la puerta de su casa. Está enfrascado en una tarea a la que dedica toda su atención: comer galletas. Concretamente, una caja de lenguas de gato, esas pequeñas delicias elípticas que roban el corazón de nuestro héroe. El niño las saca de la caja y se lleva a la boca una tras otra, las hace crujir, las saborea y las traga. Con las dos manos, con la boca y con el corazón.
De pronto, Shiró nota una presencia extraña. Levanta la vista de su caja y mira a su alrededor. En la esquina de la casa hay unos grandes ojos fijos en él. Un gato, blanco y mullido le mira con los músculos en tensión, como si estuviese a punto de echar a correr hacia él. Al ver que el niño le devuelve la mirada, el felino empieza a maullar. Pero es muy extraño, porque maúlla sin hacer ningún ruido. No tiene lengua, piensa Shiró.
Tras el blanco, aparece un gato más pequeño, más fino, una gatita. Tiene el cuerpo atigrado, amarillo y anaranjado, y las manitas blancas. También se queda mirando al niño. Y maúlla muda.
Con el rabillo del ojo, Shiró nota como tres o cuatro animales más se van agolpando al otro lado, salidos del césped del vecino, o quizás del mismísimo infierno. La batalla parece muy desigual en número, así que el chaval se levanta lentamente, sosteniendo la mirada de los felinos y, con un giro rápido, se mete en la casa y cierra la puerta. Se apoya en la parte interior de la misma suspirando de alivio. Iban a por él.
Para su horror, el niño nota que pequeñas pero decididas patas empiezan a rascar la puerta, como cavando un túnel. Son muchos, e incluso alguno parece tomar carrerilla y lanzarse contra el obstáculo, para echarlo abajo. Los gatos pesan poco, pero incluso así, toda puerta tiene un límite, piensa Shiró, sudando. Calibra el gritar pidiendo ayuda, pero su madre está harta de lo que ella llama "sus tonterias". No la llama. Los golpes y rascadas empiezan a disminuír, y finalmente dejan de oírse.
Al cabo de un buen rato, Shiró abre una rendija, temiendo una emboscada. No hay nadie. Sale cautelosamente. Los gatos se han ido. Pero ahí está la cosa: su caja de galletas, de lenguas, también ha desaparecido.
viernes, diciembre 09, 2011
martes, noviembre 08, 2011
Regreso a casa
Me despierto, y no sé cuántos días llevo recibiendo electroshocks y drogas en vena. Cierro los ojos, vuelvo a abrirlos y estoy tumbado en el patio del Centro de Acogida, al borde de la Piscina Vacía. Fray no está junto a mí, y eso me desconcierta. ¿Dónde estás, amigo?
Con esfuerzo, invoco a mi bandersnatch. Es un gran rastreador, y cuando tiene apetito es capaz de tragarse una ciudad entera. Pero no acude a mi llamada. Me duele mucho la cabeza...
Me incorporo y me siento en el borde de la piscina, con las piernas colgando. Tengo quemaduras en los lóbulos temporales, parece que Kentucky se ha pasado con mi cerebro. Kentucky es un celador especialista en freír los cerebros con las pinzas de electroshock, de ahí su apodo. Y le gustan siempre muy hechos.
Miro a mi alrededor, veo a los demás: Branka, el Gordo, tiene marcas de golpes por todo el cuerpo. Se resistió cuando nos capturaron en nuestra pequeña fuga, y varios celadores le dieron la del pulpo. La Mosca está inmovilizada en una silla de ruedas del patio para evitar que se ponga a caminar por cornisas. La Ahogada está en el fondo de la piscina, con sus gatos. Hay más internos, guardias y celadores pululando. Pero Fray no aparece.
Preocupado, me acerco a la Mosca: habían dejado su silla a la sombra, pero ahora se está quemando medio cuerpo, y no puede moverse sola. La protejo del sol.
- Adeline, ¿has visto a Fray?
- Arañas, arañas, arañas, debo volar... volar... arañas, arañas, ¡arañas! ¡ARAÑAS!
Un guardia la mira desde lejos, haciéndole un signo de advertencia. Está prohibido gritar en el patio. La Mosca se calla de inmediato. Se gira hacia mí y me mira con caidita de ojos:
- ¿Me haces el favor de soltarme, guapo? Prometo no emprender el vuelo...
- Lo siento Adeline. No creo que pudiese soportar una sesión más de castigo eléctrico... otra vez será.
Me alejo de ella y me dirijo hacia las escaleras de la piscina. Bajo hasta el fondo. La Ahogada sabrá algo: menchevique y bolchevique, sus gatos, no pierden comba de lo que pasa en el Centro. Siempre me da respeto esta mujer, que me mira con hambre. A veces yo la miro también con hambre, pero al final no termina de pasar nada. Hasta que pase, supongo.
- Oye, Ahogada, tú que lo sabes todo...
- La Melosidad no es lo tuyo, así que córtala de raíz. Nuestra pequeña fuga me ha costado varios privilegios, y teniendo en cuenta que fue una chapuza por tu culpa, ahora mismo guardo ira contra tí.
Se levanta las gafas de sol y me observa. Se enternece.
- No me puedo enfadar contigo - admite - esos ojos de cordero degollado siempre me desarman. ¿Cuándo me vas a pedir que salgamos o algo?
Me sonrojo.
- Yo lo que necesito saber es... o sea, yo estoy preocupado por Fray. ¿Le has visto? ¿Le han visto tus gatos?
Ahogada se pone seria.
- Lo que voy a decirte ahora no te va a gustar...
- Entonces ¡sabes algo!
- Fray se ha ido.
- ¿Qué? No, Fray... no se iría. No sin mí.
La ahogada me acaricia el pómulo con la ternura que ofreces a un niño que no entiende.
- Cuando nos capturaron, después de la fuga... ¿te acuerdas qué pasó entonces?
- Le grité a Fray que huyera. Se escurrió y se alejó de ellos, aunque luego le cogieron. Y le ataron a una mesa, en la misma habitación que a mí.
- Y le aplicaron electroshocks... como a tí. Haz una cosa por mí: quiero que subas al Pabellón Médico y le eches un vistazo a la sala de Kentucky. Obsérvala atentamente, y entenderás qué le pasó a tu amigo Fray.
Sin darle siquiera las gracias, salgo de la piscina. En un descuido del guardia me cuelo hasta la sala de electroshocks. Todo normal: la mesa metálica, la máquina de electro, el bote con la crema para untar en la zona de aplicación... sólo falta un paciente retorciéndose de dolor atado allí. Bueno, y Kentucky sonriendo, sádico.
- Kentucky...
De pronto caigo en la cuenta: ese cabrón ha matado a Fray. Se ha pasado con las descargas y lo ha matado. Nunca volveré a verle. Sentimientos de impotencia, dolor y rabia desaforada chocan con terrible virulencia en mi cabeza. Me desmayo.
Con esfuerzo, invoco a mi bandersnatch. Es un gran rastreador, y cuando tiene apetito es capaz de tragarse una ciudad entera. Pero no acude a mi llamada. Me duele mucho la cabeza...
Me incorporo y me siento en el borde de la piscina, con las piernas colgando. Tengo quemaduras en los lóbulos temporales, parece que Kentucky se ha pasado con mi cerebro. Kentucky es un celador especialista en freír los cerebros con las pinzas de electroshock, de ahí su apodo. Y le gustan siempre muy hechos.
Miro a mi alrededor, veo a los demás: Branka, el Gordo, tiene marcas de golpes por todo el cuerpo. Se resistió cuando nos capturaron en nuestra pequeña fuga, y varios celadores le dieron la del pulpo. La Mosca está inmovilizada en una silla de ruedas del patio para evitar que se ponga a caminar por cornisas. La Ahogada está en el fondo de la piscina, con sus gatos. Hay más internos, guardias y celadores pululando. Pero Fray no aparece.
Preocupado, me acerco a la Mosca: habían dejado su silla a la sombra, pero ahora se está quemando medio cuerpo, y no puede moverse sola. La protejo del sol.
- Adeline, ¿has visto a Fray?
- Arañas, arañas, arañas, debo volar... volar... arañas, arañas, ¡arañas! ¡ARAÑAS!
Un guardia la mira desde lejos, haciéndole un signo de advertencia. Está prohibido gritar en el patio. La Mosca se calla de inmediato. Se gira hacia mí y me mira con caidita de ojos:
- ¿Me haces el favor de soltarme, guapo? Prometo no emprender el vuelo...
- Lo siento Adeline. No creo que pudiese soportar una sesión más de castigo eléctrico... otra vez será.
Me alejo de ella y me dirijo hacia las escaleras de la piscina. Bajo hasta el fondo. La Ahogada sabrá algo: menchevique y bolchevique, sus gatos, no pierden comba de lo que pasa en el Centro. Siempre me da respeto esta mujer, que me mira con hambre. A veces yo la miro también con hambre, pero al final no termina de pasar nada. Hasta que pase, supongo.
- Oye, Ahogada, tú que lo sabes todo...
- La Melosidad no es lo tuyo, así que córtala de raíz. Nuestra pequeña fuga me ha costado varios privilegios, y teniendo en cuenta que fue una chapuza por tu culpa, ahora mismo guardo ira contra tí.
Se levanta las gafas de sol y me observa. Se enternece.
- No me puedo enfadar contigo - admite - esos ojos de cordero degollado siempre me desarman. ¿Cuándo me vas a pedir que salgamos o algo?
Me sonrojo.
- Yo lo que necesito saber es... o sea, yo estoy preocupado por Fray. ¿Le has visto? ¿Le han visto tus gatos?
Ahogada se pone seria.
- Lo que voy a decirte ahora no te va a gustar...
- Entonces ¡sabes algo!
- Fray se ha ido.
- ¿Qué? No, Fray... no se iría. No sin mí.
La ahogada me acaricia el pómulo con la ternura que ofreces a un niño que no entiende.
- Cuando nos capturaron, después de la fuga... ¿te acuerdas qué pasó entonces?
- Le grité a Fray que huyera. Se escurrió y se alejó de ellos, aunque luego le cogieron. Y le ataron a una mesa, en la misma habitación que a mí.
- Y le aplicaron electroshocks... como a tí. Haz una cosa por mí: quiero que subas al Pabellón Médico y le eches un vistazo a la sala de Kentucky. Obsérvala atentamente, y entenderás qué le pasó a tu amigo Fray.
Sin darle siquiera las gracias, salgo de la piscina. En un descuido del guardia me cuelo hasta la sala de electroshocks. Todo normal: la mesa metálica, la máquina de electro, el bote con la crema para untar en la zona de aplicación... sólo falta un paciente retorciéndose de dolor atado allí. Bueno, y Kentucky sonriendo, sádico.
- Kentucky...
De pronto caigo en la cuenta: ese cabrón ha matado a Fray. Se ha pasado con las descargas y lo ha matado. Nunca volveré a verle. Sentimientos de impotencia, dolor y rabia desaforada chocan con terrible virulencia en mi cabeza. Me desmayo.
sábado, octubre 29, 2011
La hora Hogarth
Hay un hombre sentado ante una mesa con espejo. El espejo está rodeado de bombillas encendidas, como las mesas de maquillaje de los teatros. El hombre se está untando el rostro con una película de color amarillo. Cuando está satisfecho con la capa, toma un pincel grueso y se pinta una gran estrella azul envolviendo su ojo izquierdo. Termina y observa su reflejo, satisfecho.
- Listo para la acción.
El hombre se levanta, apaga las luces del espejo. Va vestido con un vistoso mono plateado. En su mano derecha lleva una Uzi, la pequeña metralleta israelí, que brilla con tono diabólico. Abre la puerta y entra en una sala grande, como un hangar. Tres decenas de mujeres hermosas hasta la presunción de inocencia clavan sus ojos en él. Llevan monos tan ajustados que se les marca hasta la respiración, y una gran pistola en cada mano. El hombre se detiene a tres metros de ellas, va a lanzar su discurso.
- Señoritas, hoy es el alba de un nuevo día. El mundo tal y como conocemos va a dar un giro de 180 grados. A mejor. A infinitamente, radicalmente mejor. Sois las hijas de la nueva era, y vais a enseñar a todos esos hipócritas lo caros que son la arrogancia y el orgullo. ¡Por Hogarth!
- ¡Por Hogarth! - gritan todas como una sola.
El hombre avanza hacia un cuadro de mandos y aprieta el botón de apertura. La pared del fondo se desliza, abriéndose a la Gran Ciudad.
- Señoritas, a partir de este instante da comienzo ¡la hora Hogarth!
El hombre echa a andar a paso rápido hacia la salida. Las mujeres se sitúan en formación triangular tras él, armas en ristre, dispuestas y listas para cambiar el mundo.
- Listo para la acción.
El hombre se levanta, apaga las luces del espejo. Va vestido con un vistoso mono plateado. En su mano derecha lleva una Uzi, la pequeña metralleta israelí, que brilla con tono diabólico. Abre la puerta y entra en una sala grande, como un hangar. Tres decenas de mujeres hermosas hasta la presunción de inocencia clavan sus ojos en él. Llevan monos tan ajustados que se les marca hasta la respiración, y una gran pistola en cada mano. El hombre se detiene a tres metros de ellas, va a lanzar su discurso.
- Señoritas, hoy es el alba de un nuevo día. El mundo tal y como conocemos va a dar un giro de 180 grados. A mejor. A infinitamente, radicalmente mejor. Sois las hijas de la nueva era, y vais a enseñar a todos esos hipócritas lo caros que son la arrogancia y el orgullo. ¡Por Hogarth!
- ¡Por Hogarth! - gritan todas como una sola.
El hombre avanza hacia un cuadro de mandos y aprieta el botón de apertura. La pared del fondo se desliza, abriéndose a la Gran Ciudad.
- Señoritas, a partir de este instante da comienzo ¡la hora Hogarth!
El hombre echa a andar a paso rápido hacia la salida. Las mujeres se sitúan en formación triangular tras él, armas en ristre, dispuestas y listas para cambiar el mundo.
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