Asalto nocturno
lamiendo el dragón
de tu piel
miércoles, febrero 08, 2012
viernes, enero 20, 2012
Los lápices de Donutski
Para evitar distracciones, tomé un tren hacia una ciudad vecina. Es una ciudad más pequeña, más fría, y allí no conozco a nadie.
Me registré en un pequeño hotel, pequeño pero con buena pinta, el Hôtel des Âmes.
Dejé mi bolsa sobre la cama, me senté en el pequeño escritorio y cogí el papel de carta y el lápiz que te regala el establecimiento. Iba a escribir mi novela, La Novela en Mayúsculas, que me haría rico, famoso y que me permitiría codearme con mis ídolos.
Empecé a soñar despierto:
- Hernán Donutski, encantado.
- Espera... ¿el autor de La Novela en Mayúsculas? ¡Soy un gran admirador tuyo! ¡Tu libro cambió mi vida!
-Gracias, Hemingway, tus libros también me gustan.
- Llámame Ernest.
- De acuerdo, Ernest. Gracias por leerme.
- No, no, gracias a tí por escribir...
Ernest se aleja, con lágrimas en los ojos... un tío duro como él, ¡conmovido!
Por supuesto, mr. H. tendría que aprender Español y resucitar para poder charlar conmigo. En fin, si algo he aprendido en este mundo es que con un poco de imaginación puede pasar cualquier cosa.
El caso es que estoy lápiz de hotel en mano, ansioso por empezar: no se me ocurre nada. Empiezo a garabatear palabrejas sin sentido en el primer papel, para ver sis surge la musa. Me quedo asombrado: ¡resulta que el lápiz es una maravilla!
Qué fino, qué suave, qué gran trazo, qué elegancia al girar las curvas, qué presteza para surcar el papel a la menor presión...
Sin darme cuenta, emborrono todas las hojitas hasta los márgenes, incluída la cabecera que indica "Hôtel des Âmes". Estoy terminando la última cuando el lápiz se queda sin punta. Por supuesto, ningún sacapuntas a mano. Ninguna navaja, ningún cuchillo. Lo intento con la maquinilla de afeitar, pero no resulta.
De pronto tengo una inspiración: en algún lugar del hotel tiene que haber ¡una caja entera llena de lápices de estos!
Un hambre atroz se apodera de mí. Tengo que conseguirlos. ¿Pero cómo?
¿Quién es el afortunado ser humano que tiene acceso al cuarto de material? ¿Quién repone los lápices cuando los clientes los roban impunemente?
Escucho un ruido en el pasillo: es una de esas simpáticas señoras que impiden que los homínidos cavernarios como yo vivan en una cochiquera. ¡Es ella! ¡Ella tiene acceso al Santo Grial!
Pienso en seducirla con palabras, pienso en venderle mi cuerpo y mi alma, pero cuando salgo al pasillo ella no está. Sin embargo, en su carrito ¡la caja de pandora! ¡el arca de la alianza! ¡Una hermosa caja de lápices mágicos abierta en la que se amontona la felicidad en palitos!
No me avergüenza confesar que, temblando, cambio la caja por un billete de veinte, la meto en la bolsa con el resto de mis cosas, todo a presión, de cualquier manera. Bajo a la calle y huyo del hotel como alma que lleva el diablo.
Han pasados tres semanas y aún no he empezado a escribir la novela, lo voy dejando. Pero el día que empiece, y voy a empezar, los lápices me llevarán al paraíso de la creación.
Me registré en un pequeño hotel, pequeño pero con buena pinta, el Hôtel des Âmes.
Dejé mi bolsa sobre la cama, me senté en el pequeño escritorio y cogí el papel de carta y el lápiz que te regala el establecimiento. Iba a escribir mi novela, La Novela en Mayúsculas, que me haría rico, famoso y que me permitiría codearme con mis ídolos.
Empecé a soñar despierto:
- Hernán Donutski, encantado.
- Espera... ¿el autor de La Novela en Mayúsculas? ¡Soy un gran admirador tuyo! ¡Tu libro cambió mi vida!
-Gracias, Hemingway, tus libros también me gustan.
- Llámame Ernest.
- De acuerdo, Ernest. Gracias por leerme.
- No, no, gracias a tí por escribir...
Ernest se aleja, con lágrimas en los ojos... un tío duro como él, ¡conmovido!
Por supuesto, mr. H. tendría que aprender Español y resucitar para poder charlar conmigo. En fin, si algo he aprendido en este mundo es que con un poco de imaginación puede pasar cualquier cosa.
El caso es que estoy lápiz de hotel en mano, ansioso por empezar: no se me ocurre nada. Empiezo a garabatear palabrejas sin sentido en el primer papel, para ver sis surge la musa. Me quedo asombrado: ¡resulta que el lápiz es una maravilla!
Qué fino, qué suave, qué gran trazo, qué elegancia al girar las curvas, qué presteza para surcar el papel a la menor presión...
Sin darme cuenta, emborrono todas las hojitas hasta los márgenes, incluída la cabecera que indica "Hôtel des Âmes". Estoy terminando la última cuando el lápiz se queda sin punta. Por supuesto, ningún sacapuntas a mano. Ninguna navaja, ningún cuchillo. Lo intento con la maquinilla de afeitar, pero no resulta.
De pronto tengo una inspiración: en algún lugar del hotel tiene que haber ¡una caja entera llena de lápices de estos!
Un hambre atroz se apodera de mí. Tengo que conseguirlos. ¿Pero cómo?
¿Quién es el afortunado ser humano que tiene acceso al cuarto de material? ¿Quién repone los lápices cuando los clientes los roban impunemente?
Escucho un ruido en el pasillo: es una de esas simpáticas señoras que impiden que los homínidos cavernarios como yo vivan en una cochiquera. ¡Es ella! ¡Ella tiene acceso al Santo Grial!
Pienso en seducirla con palabras, pienso en venderle mi cuerpo y mi alma, pero cuando salgo al pasillo ella no está. Sin embargo, en su carrito ¡la caja de pandora! ¡el arca de la alianza! ¡Una hermosa caja de lápices mágicos abierta en la que se amontona la felicidad en palitos!
No me avergüenza confesar que, temblando, cambio la caja por un billete de veinte, la meto en la bolsa con el resto de mis cosas, todo a presión, de cualquier manera. Bajo a la calle y huyo del hotel como alma que lleva el diablo.
Han pasados tres semanas y aún no he empezado a escribir la novela, lo voy dejando. Pero el día que empiece, y voy a empezar, los lápices me llevarán al paraíso de la creación.
jueves, enero 12, 2012
Detalles
Sorprendí a mi padre leyendo poesía a escondidas,
y me encontré a un futbolista leyendo un libro en el tren;
ví un cerdo negro salir volando hacia el cielo con una sonrisa
y a Jesús el nazareno comprando en la sección de congelados.
y me encontré a un futbolista leyendo un libro en el tren;
ví un cerdo negro salir volando hacia el cielo con una sonrisa
y a Jesús el nazareno comprando en la sección de congelados.
viernes, diciembre 09, 2011
Las insulsas aventuras de Shiró - Lenguas de gato
Shiró está sentado en un escaloncito que hay justo delante de la puerta de su casa. Está enfrascado en una tarea a la que dedica toda su atención: comer galletas. Concretamente, una caja de lenguas de gato, esas pequeñas delicias elípticas que roban el corazón de nuestro héroe. El niño las saca de la caja y se lleva a la boca una tras otra, las hace crujir, las saborea y las traga. Con las dos manos, con la boca y con el corazón.
De pronto, Shiró nota una presencia extraña. Levanta la vista de su caja y mira a su alrededor. En la esquina de la casa hay unos grandes ojos fijos en él. Un gato, blanco y mullido le mira con los músculos en tensión, como si estuviese a punto de echar a correr hacia él. Al ver que el niño le devuelve la mirada, el felino empieza a maullar. Pero es muy extraño, porque maúlla sin hacer ningún ruido. No tiene lengua, piensa Shiró.
Tras el blanco, aparece un gato más pequeño, más fino, una gatita. Tiene el cuerpo atigrado, amarillo y anaranjado, y las manitas blancas. También se queda mirando al niño. Y maúlla muda.
Con el rabillo del ojo, Shiró nota como tres o cuatro animales más se van agolpando al otro lado, salidos del césped del vecino, o quizás del mismísimo infierno. La batalla parece muy desigual en número, así que el chaval se levanta lentamente, sosteniendo la mirada de los felinos y, con un giro rápido, se mete en la casa y cierra la puerta. Se apoya en la parte interior de la misma suspirando de alivio. Iban a por él.
Para su horror, el niño nota que pequeñas pero decididas patas empiezan a rascar la puerta, como cavando un túnel. Son muchos, e incluso alguno parece tomar carrerilla y lanzarse contra el obstáculo, para echarlo abajo. Los gatos pesan poco, pero incluso así, toda puerta tiene un límite, piensa Shiró, sudando. Calibra el gritar pidiendo ayuda, pero su madre está harta de lo que ella llama "sus tonterias". No la llama. Los golpes y rascadas empiezan a disminuír, y finalmente dejan de oírse.
Al cabo de un buen rato, Shiró abre una rendija, temiendo una emboscada. No hay nadie. Sale cautelosamente. Los gatos se han ido. Pero ahí está la cosa: su caja de galletas, de lenguas, también ha desaparecido.
De pronto, Shiró nota una presencia extraña. Levanta la vista de su caja y mira a su alrededor. En la esquina de la casa hay unos grandes ojos fijos en él. Un gato, blanco y mullido le mira con los músculos en tensión, como si estuviese a punto de echar a correr hacia él. Al ver que el niño le devuelve la mirada, el felino empieza a maullar. Pero es muy extraño, porque maúlla sin hacer ningún ruido. No tiene lengua, piensa Shiró.
Tras el blanco, aparece un gato más pequeño, más fino, una gatita. Tiene el cuerpo atigrado, amarillo y anaranjado, y las manitas blancas. También se queda mirando al niño. Y maúlla muda.
Con el rabillo del ojo, Shiró nota como tres o cuatro animales más se van agolpando al otro lado, salidos del césped del vecino, o quizás del mismísimo infierno. La batalla parece muy desigual en número, así que el chaval se levanta lentamente, sosteniendo la mirada de los felinos y, con un giro rápido, se mete en la casa y cierra la puerta. Se apoya en la parte interior de la misma suspirando de alivio. Iban a por él.
Para su horror, el niño nota que pequeñas pero decididas patas empiezan a rascar la puerta, como cavando un túnel. Son muchos, e incluso alguno parece tomar carrerilla y lanzarse contra el obstáculo, para echarlo abajo. Los gatos pesan poco, pero incluso así, toda puerta tiene un límite, piensa Shiró, sudando. Calibra el gritar pidiendo ayuda, pero su madre está harta de lo que ella llama "sus tonterias". No la llama. Los golpes y rascadas empiezan a disminuír, y finalmente dejan de oírse.
Al cabo de un buen rato, Shiró abre una rendija, temiendo una emboscada. No hay nadie. Sale cautelosamente. Los gatos se han ido. Pero ahí está la cosa: su caja de galletas, de lenguas, también ha desaparecido.
martes, noviembre 08, 2011
Regreso a casa
Me despierto, y no sé cuántos días llevo recibiendo electroshocks y drogas en vena. Cierro los ojos, vuelvo a abrirlos y estoy tumbado en el patio del Centro de Acogida, al borde de la Piscina Vacía. Fray no está junto a mí, y eso me desconcierta. ¿Dónde estás, amigo?
Con esfuerzo, invoco a mi bandersnatch. Es un gran rastreador, y cuando tiene apetito es capaz de tragarse una ciudad entera. Pero no acude a mi llamada. Me duele mucho la cabeza...
Me incorporo y me siento en el borde de la piscina, con las piernas colgando. Tengo quemaduras en los lóbulos temporales, parece que Kentucky se ha pasado con mi cerebro. Kentucky es un celador especialista en freír los cerebros con las pinzas de electroshock, de ahí su apodo. Y le gustan siempre muy hechos.
Miro a mi alrededor, veo a los demás: Branka, el Gordo, tiene marcas de golpes por todo el cuerpo. Se resistió cuando nos capturaron en nuestra pequeña fuga, y varios celadores le dieron la del pulpo. La Mosca está inmovilizada en una silla de ruedas del patio para evitar que se ponga a caminar por cornisas. La Ahogada está en el fondo de la piscina, con sus gatos. Hay más internos, guardias y celadores pululando. Pero Fray no aparece.
Preocupado, me acerco a la Mosca: habían dejado su silla a la sombra, pero ahora se está quemando medio cuerpo, y no puede moverse sola. La protejo del sol.
- Adeline, ¿has visto a Fray?
- Arañas, arañas, arañas, debo volar... volar... arañas, arañas, ¡arañas! ¡ARAÑAS!
Un guardia la mira desde lejos, haciéndole un signo de advertencia. Está prohibido gritar en el patio. La Mosca se calla de inmediato. Se gira hacia mí y me mira con caidita de ojos:
- ¿Me haces el favor de soltarme, guapo? Prometo no emprender el vuelo...
- Lo siento Adeline. No creo que pudiese soportar una sesión más de castigo eléctrico... otra vez será.
Me alejo de ella y me dirijo hacia las escaleras de la piscina. Bajo hasta el fondo. La Ahogada sabrá algo: menchevique y bolchevique, sus gatos, no pierden comba de lo que pasa en el Centro. Siempre me da respeto esta mujer, que me mira con hambre. A veces yo la miro también con hambre, pero al final no termina de pasar nada. Hasta que pase, supongo.
- Oye, Ahogada, tú que lo sabes todo...
- La Melosidad no es lo tuyo, así que córtala de raíz. Nuestra pequeña fuga me ha costado varios privilegios, y teniendo en cuenta que fue una chapuza por tu culpa, ahora mismo guardo ira contra tí.
Se levanta las gafas de sol y me observa. Se enternece.
- No me puedo enfadar contigo - admite - esos ojos de cordero degollado siempre me desarman. ¿Cuándo me vas a pedir que salgamos o algo?
Me sonrojo.
- Yo lo que necesito saber es... o sea, yo estoy preocupado por Fray. ¿Le has visto? ¿Le han visto tus gatos?
Ahogada se pone seria.
- Lo que voy a decirte ahora no te va a gustar...
- Entonces ¡sabes algo!
- Fray se ha ido.
- ¿Qué? No, Fray... no se iría. No sin mí.
La ahogada me acaricia el pómulo con la ternura que ofreces a un niño que no entiende.
- Cuando nos capturaron, después de la fuga... ¿te acuerdas qué pasó entonces?
- Le grité a Fray que huyera. Se escurrió y se alejó de ellos, aunque luego le cogieron. Y le ataron a una mesa, en la misma habitación que a mí.
- Y le aplicaron electroshocks... como a tí. Haz una cosa por mí: quiero que subas al Pabellón Médico y le eches un vistazo a la sala de Kentucky. Obsérvala atentamente, y entenderás qué le pasó a tu amigo Fray.
Sin darle siquiera las gracias, salgo de la piscina. En un descuido del guardia me cuelo hasta la sala de electroshocks. Todo normal: la mesa metálica, la máquina de electro, el bote con la crema para untar en la zona de aplicación... sólo falta un paciente retorciéndose de dolor atado allí. Bueno, y Kentucky sonriendo, sádico.
- Kentucky...
De pronto caigo en la cuenta: ese cabrón ha matado a Fray. Se ha pasado con las descargas y lo ha matado. Nunca volveré a verle. Sentimientos de impotencia, dolor y rabia desaforada chocan con terrible virulencia en mi cabeza. Me desmayo.
Con esfuerzo, invoco a mi bandersnatch. Es un gran rastreador, y cuando tiene apetito es capaz de tragarse una ciudad entera. Pero no acude a mi llamada. Me duele mucho la cabeza...
Me incorporo y me siento en el borde de la piscina, con las piernas colgando. Tengo quemaduras en los lóbulos temporales, parece que Kentucky se ha pasado con mi cerebro. Kentucky es un celador especialista en freír los cerebros con las pinzas de electroshock, de ahí su apodo. Y le gustan siempre muy hechos.
Miro a mi alrededor, veo a los demás: Branka, el Gordo, tiene marcas de golpes por todo el cuerpo. Se resistió cuando nos capturaron en nuestra pequeña fuga, y varios celadores le dieron la del pulpo. La Mosca está inmovilizada en una silla de ruedas del patio para evitar que se ponga a caminar por cornisas. La Ahogada está en el fondo de la piscina, con sus gatos. Hay más internos, guardias y celadores pululando. Pero Fray no aparece.
Preocupado, me acerco a la Mosca: habían dejado su silla a la sombra, pero ahora se está quemando medio cuerpo, y no puede moverse sola. La protejo del sol.
- Adeline, ¿has visto a Fray?
- Arañas, arañas, arañas, debo volar... volar... arañas, arañas, ¡arañas! ¡ARAÑAS!
Un guardia la mira desde lejos, haciéndole un signo de advertencia. Está prohibido gritar en el patio. La Mosca se calla de inmediato. Se gira hacia mí y me mira con caidita de ojos:
- ¿Me haces el favor de soltarme, guapo? Prometo no emprender el vuelo...
- Lo siento Adeline. No creo que pudiese soportar una sesión más de castigo eléctrico... otra vez será.
Me alejo de ella y me dirijo hacia las escaleras de la piscina. Bajo hasta el fondo. La Ahogada sabrá algo: menchevique y bolchevique, sus gatos, no pierden comba de lo que pasa en el Centro. Siempre me da respeto esta mujer, que me mira con hambre. A veces yo la miro también con hambre, pero al final no termina de pasar nada. Hasta que pase, supongo.
- Oye, Ahogada, tú que lo sabes todo...
- La Melosidad no es lo tuyo, así que córtala de raíz. Nuestra pequeña fuga me ha costado varios privilegios, y teniendo en cuenta que fue una chapuza por tu culpa, ahora mismo guardo ira contra tí.
Se levanta las gafas de sol y me observa. Se enternece.
- No me puedo enfadar contigo - admite - esos ojos de cordero degollado siempre me desarman. ¿Cuándo me vas a pedir que salgamos o algo?
Me sonrojo.
- Yo lo que necesito saber es... o sea, yo estoy preocupado por Fray. ¿Le has visto? ¿Le han visto tus gatos?
Ahogada se pone seria.
- Lo que voy a decirte ahora no te va a gustar...
- Entonces ¡sabes algo!
- Fray se ha ido.
- ¿Qué? No, Fray... no se iría. No sin mí.
La ahogada me acaricia el pómulo con la ternura que ofreces a un niño que no entiende.
- Cuando nos capturaron, después de la fuga... ¿te acuerdas qué pasó entonces?
- Le grité a Fray que huyera. Se escurrió y se alejó de ellos, aunque luego le cogieron. Y le ataron a una mesa, en la misma habitación que a mí.
- Y le aplicaron electroshocks... como a tí. Haz una cosa por mí: quiero que subas al Pabellón Médico y le eches un vistazo a la sala de Kentucky. Obsérvala atentamente, y entenderás qué le pasó a tu amigo Fray.
Sin darle siquiera las gracias, salgo de la piscina. En un descuido del guardia me cuelo hasta la sala de electroshocks. Todo normal: la mesa metálica, la máquina de electro, el bote con la crema para untar en la zona de aplicación... sólo falta un paciente retorciéndose de dolor atado allí. Bueno, y Kentucky sonriendo, sádico.
- Kentucky...
De pronto caigo en la cuenta: ese cabrón ha matado a Fray. Se ha pasado con las descargas y lo ha matado. Nunca volveré a verle. Sentimientos de impotencia, dolor y rabia desaforada chocan con terrible virulencia en mi cabeza. Me desmayo.
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