miércoles, octubre 14, 2009

Somos los zombis

Con la horda vamos, en horda cazamos. No somos rápidos, pero somos muchos. Y tenemos mucha hambre. Toda el hambre del mundo, por tejidos vivos. Os amamos, humanos, os queremos. Os queremos comer. Fuimos vosotros y ahora no lo somos, somos el más allá, habitamos en vuestras pesadillas. Somos los zombis.

De noche marchamos, de día marchamos. Una víctima más, una comida más. Hacia nuestro objetivo. No importa a cuántos de nosotros mateis, porque ya estamos muertos. Hacia vuestro exterminio marchamos. No os odiamos, sólo os matamos. Por lo que fuimos y ya no somos. Somos los zombis.

lunes, octubre 12, 2009

Un concierto que acaba mal, con final feliz

Era el final del concierto, y Tomás Turbado y La Banda Que Se Toca Mucho flotaban sobre el escenario, con el público entregado cantando “La maté porque era tuya” a voz en grito. Tomás, vestido de velcro y pana, rojo y verde, rubio platino con entradas hasta el fondo, estaba haciendo la actuación de su vida. La canción terminó en un mar de aplausos, silbidos y chillidos. Sin tiempo para respirar, Pervo empezó a tocar el primer riff de “El diablo vive en tu armario” y la sala entera empezó a saltar de nuevo.

De pronto, en vez de empezar con lo de “Lluviosa tarde de viernes en tu cama”, Tomás lanza un gritito, una especie de gallo y cae al suelo cogiéndose la garganta con ambas manos. Cuesta unos segundos que Pollo Loco, el batería se dé cuenta. Suelta las baquetas y salta por encima de los bongos para llegar hasta el cantante. Los demás, al parar Pollo se dan cuenta, y le rodean. El público se queda helado.

Un enorme dardo se ha clavado en la garganta de Tomás, paralizándole el cuello y no dejándole respirar. Se lo arrancan, llaman al servicio de socorro, hay mucha confusión... los sanitarios llegan, pero ya no hay tiempo, y el cantante entra en shock. Lo llevan al hospital y logran salvarle la vida, pero no la voz. Tomás nunca volverá a cantar, tampoco a hablar.

Y todo por haber abandonado a Carla Iglesias de una forma tan egoísta y brusca. La venganza aquí tomó la forma de un dardo envenenado. La banda contrató a un nuevo vocalista, Benito Camela. Al cabo de un par de años, cuando Carla salió de la cárcel, Benito la fue a buscar y no tardó en pedirle que se casara con él.

sábado, octubre 10, 2009

Día de partido

Era día de partido, y yo estaba en el estadio tranquilamente sentado en mi asiento de grada. Leía a Soren Kierkegaard mientras los equipos marcaban goles, o los recibían, no me sé muy bien las reglas. Recuerdo que la gente de mi alrededor gritaba a menudo.

El caso es que desvié la mirada a mi otra mano, a la libreta, donde apunto los buenos propósitos que se me ocurren en la vigilia, justo antes de dormir. Abro por una página cualquiera y leo “La angustia seguirá presente en tu vida sin importar lo que hagas, forma parte de todos, y por tanto, forma parte de tí”.

Me levanté, salí de la fila, entré por la boca de acceso, y me dirigí al puesto de las salchichas. Caminaba rápido, como poseído. Salté la barra, atraje hacia mí a la chica que lo regentaba y, sin darle tiempo a reaccionar, la besé en la boca.

Muchos años después sigo errando (de errores y de vagar) sin encontrar mi camino, pero aquella iluminación repentina y aquella chica estan conmigo donde quiera que vaya.

jueves, junio 04, 2009

La leyenda del policía comprensivo

Caminando por una ciudad lejana buscaba una oficina de correos para enviar una carta de deshaucio a mi prometida. Bueno, a mi ex-prometida. Me hallaba perdido, puesto que no conocía la localidad. En una plaza ví a un policía subido en su moto, contemplando el tráfico, como maravillado, y me acerqué a pedirle ayuda.

- Disculpe, agente, ¿puede indicarme donde está la oficina postal más cercana?

El hombre sonrió, se levantó las gafas de sol y me miró atentamente.

- Está un poco lejos, pero no se preocupe, que puedo acercarle. Súbase a mi moto y le llevo.

- Bueno, el caso es que no tengo casco...

- No se preocupe: soy policía, este es mi vehículo oficial y además, podríamos alegar que es una urgencia.

Sonreí.

- De hecho lo es, tengo que enviar esta carta de deshaucio hoy mismo, es muy importante.

- ¿Lo ve? Suba.

El agente era muy amable, aunque conducía bastante despacio. Aprovechó para contarme diversos detalles sobre su vida: vivía solo, pero tenía muchos amigos, y en general podía considerar que era bastante feliz. La oficina de Correos no aparecía.

- Aquí es. Voy a aparcar ahí mismo.

Metió la moto por el callejón de al lado, la subió al caballete y se bajó y se sentó en una repisa cercana. Me disponía a darle las gracias y alejarme, pero me detuvo.

- Hombre, le he traído hasta aquí, siéntese conmigo, charlemos un rato.

- Tengo cierta prisa...

El agente se contrarió un poco.

- ¡Si estaba perdido, caramba! Si no es por mí... desde luego...

- De acuerdo, me sentaré con usted.

- Tuteémonos, que estoy en mi hora de descanso. Yo me llamo José Luis...

- Yo soy Juan Martínez. Encantado.

Mientras hablábamos, comprobé que se había soltado la hebilla del cinturón y se iba desbotonando la bragueta. Un callejón oscuro, sentarse uno junto al otro, confianza... me asaltó una terrible duda.

- Disculpeme el intríngulis, ya sin duda se trata de un error de apreciación, pero ¿no pretenderá usted hacer el amor conmigo, verdad?

- No, no qué va.

Pero había terminado de desbotonarse y se estaba bajando los pantalones. Esperé el momento justo, tembloroso, y eché a correr.

- Oiga, Juan Martínez, ¿dónde va?

Trató de seguirme, pero los pantalones bajados le impedían correr, y de hecho, tropezó. No ví nada más, salí del callejón, deposité la carta en correos y me dirigí a la estación.

Llegué con el tiempo justo para coger el siguiente tren a la capital. Me subí y me senté con un suspiro.

Cuando el expreso arrancó, por la ventana y ví al policía comprensivo mirando hacia el tren, buscándome con expresión de inmensa tristeza.

viernes, marzo 20, 2009

Junto a la ballena agonizante

Una ballena varada en la playa. Y junto a la ballena, una hoguera. Y frente a la hoguera, un hombre triste. Un hombre asando un pedazo de carne, y pensando "por qué me habrá abandonado". Pero las ballenas muertas no ofrecen respuestas, no ofrecen consuelo.

Y sin embargo, el hombre no se irá, ni volverá con los demás. No esta noche. Quizás con el sol, quizás por la mañana. Sí, quizás por la mañana ella haya vuelto.

Noche en los mares del sur.
 
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