viernes, enero 20, 2012

Los lápices de Donutski

Para evitar distracciones, tomé un tren hacia una ciudad vecina. Es una ciudad más pequeña, más fría, y allí no conozco a nadie.
Me registré en un pequeño hotel, pequeño pero con buena pinta, el Hôtel des Âmes.

Dejé mi bolsa sobre la cama, me senté en el pequeño escritorio y cogí el papel de carta y el lápiz que te regala el establecimiento. Iba a escribir mi novela, La Novela en Mayúsculas, que me haría rico, famoso y que me permitiría codearme con mis ídolos.

Empecé a soñar despierto:
- Hernán Donutski, encantado.
- Espera... ¿el autor de La Novela en Mayúsculas? ¡Soy un gran admirador tuyo! ¡Tu libro cambió mi vida!
-Gracias, Hemingway, tus libros también me gustan.
- Llámame Ernest.
- De acuerdo, Ernest. Gracias por leerme.
- No, no, gracias a tí por escribir...

Ernest se aleja, con lágrimas en los ojos... un tío duro como él, ¡conmovido!
Por supuesto, mr. H. tendría que aprender Español y resucitar para poder charlar conmigo. En fin, si algo he aprendido en este mundo es que con un poco de imaginación puede pasar cualquier cosa.

El caso es que estoy lápiz de hotel en mano, ansioso por empezar: no se me ocurre nada. Empiezo a garabatear palabrejas sin sentido en el primer papel, para ver sis surge la musa. Me quedo asombrado: ¡resulta que el lápiz es una maravilla!
Qué fino, qué suave, qué gran trazo, qué elegancia al girar las curvas, qué presteza para surcar el papel a la menor presión...

Sin darme cuenta, emborrono todas las hojitas hasta los márgenes, incluída la cabecera que indica "Hôtel des Âmes". Estoy terminando la última cuando el lápiz se queda sin punta. Por supuesto, ningún sacapuntas a mano. Ninguna navaja, ningún cuchillo. Lo intento con la maquinilla de afeitar, pero no resulta.

De pronto tengo una inspiración: en algún lugar del hotel tiene que haber ¡una caja entera llena de lápices de estos!
Un hambre atroz se apodera de mí. Tengo que conseguirlos. ¿Pero cómo?
¿Quién es el afortunado ser humano que tiene acceso al cuarto de material? ¿Quién repone los lápices cuando los clientes los roban impunemente?
Escucho un ruido en el pasillo: es una de esas simpáticas señoras que impiden que los homínidos cavernarios como yo vivan en una cochiquera. ¡Es ella! ¡Ella tiene acceso al Santo Grial!

Pienso en seducirla con palabras, pienso en venderle mi cuerpo y mi alma, pero cuando salgo al pasillo ella no está. Sin embargo, en su carrito ¡la caja de pandora! ¡el arca de la alianza! ¡Una hermosa caja de lápices mágicos abierta en la que se amontona la felicidad en palitos!

No me avergüenza confesar que, temblando, cambio la caja por un billete de veinte, la meto en la bolsa con el resto de mis cosas, todo a presión, de cualquier manera. Bajo a la calle y huyo del hotel como alma que lleva el diablo.

Han pasados tres semanas y aún no he empezado a escribir la novela, lo voy dejando. Pero el día que empiece, y voy a empezar, los lápices me llevarán al paraíso de la creación.

2 comentarios:

Sophie Lineto dijo...

Aún no sé si me gustan las cachetadas, mucho menos las sutiles.

Pedro DS dijo...

Cuando se trata de cachetadas, no hay excusas; una mano y una cara, frente a frente: una da, la otra recibe.

Hay que escribir.

 
blog de literatura gris y temas que me llaman la atención - Ocultar texto citado -